De un lado, el papelón más grande de lo que va del Mundial. Del otro, la mejor historia y el gran batacazo. Pobres aquellos futboleros que no pegan una en el prode: ¿quién iba a poner que España y Cabo Verde empatarían 0-0? Pero así fue. Increíblemente, así fue. Y no, no es una mentira ni es el Día del Inocente: la megacandidata, la que está repleta de figuras, la que llegaba como para desfilar no pudo quebrar al pobre debutante africano.
Pobre de billetera quizás, pero no de fútbol. Menos, de defensa. Fue realmente emocionante ver a los muchachos caboverdianos aguerridos intentando mantener el cero en su arco, regalando la que sin dudas será una de las grandes imágenes de este torneo. 10 camisetas blancas abroqueladas en 20 metros dando la vida, sabiendo que con infinidad de recursos menos, la historia estaba ahí. Las mismas camisetas blancas que veían cómo del otro lado tenían la posesión de la pelota a gusto y placer, pero de manera muy lenta y espesa: lo que no debía pasarle al equipo de De la Fuente, le sucedió.
Incluso, tan hasta las manos estuvo España (¿habrá dado un par de pasos atrás en sus expectativas?) que, fuera de los planes, debió recurrir a un Lamine Yamal que estaba entre algodones de la recuperación de su lesión y había ido al banco casi decorosamente: saltó al campo a los 26’ del segundo tiempo para intentar apagar un incendio que ya agarraba varias hectáreas. Era el único capaz de ganar el partido por sí solo, pero no pudo: incluso algo falto de ritmo, insistió sin éxito. Aunque lo que queda es que este equipo peligrosamente depende de él y sin él fue prácticamente la nada misma.
Ahora bien, ¿puede este histórico resultado explicarse únicamente en la férrea defensa de Cabo Verde? La realidad es que no. Y acá es tan cierto que el arquero Vozinha (40 años, prácticamente ídolo nacional) fue la gran figura como que los españoles estuvieron muy lejos de ser esa selección veloz y picante que había deslumbrado en la Eurocopa y las Eliminatorias: predecibles y con ideas bastante anunciadas, reunieron más de 800 pases que en su mayoría fueron horizontales y no lograron encontrar profundidad. De hecho, esto solo pudieron conseguirlo sobre el final del primer tiempo, cuando el ordenadísimo equipo caboverdiano lógicamente se cansó y apenas se dedicó a resistir y rezarle al que estaba vestido de buzo amarillo en el arco.
Se creía que en algún momento el gol iba a llegar, casi hasta por decantación. Pero no. Cada minuto que pasaba era un kilo más a una mochila que España no pudo sacarse de encima. Y para la que no contó con recursos, fútbol ni un camino claro: con jugadores abiertos a perfil natural (Ferrán Torres por derecha, Cucurella por izquierda), la jugada inevitablemente tenía que terminar por adentro, por lo que los africanos fueron inteligentes y poblaron el área y bloquearon el toque interno. Los ingresos de Yamal, Dani Olmo y, sobre todo, Nico Williams (42’ del ST) fueron demasiado tardíos.
