En los últimos dos años, los cambios en el mercado laboral no fueron significativos, pero entre quienes estaban desocupados creció el pasaje hacia el autoempleo informal. A su vez, se redujeron las chances de que aquellos sin trabajo accedieran a empleos formales, tanto en el sector privado como en el público.
Así surge de un informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina (ODSA) de la UCA, que resalta que la intensificación de la participación laboral, particularmente desde 2017, se produjo sobre una estructura con limitadas oportunidades de inserción en puestos productivos y regulados. La recomposición posterior a las crisis de 2018-2020 no implicó una recuperación homogénea de la calidad del empleo.
“El mercado de trabajo argentino enfrenta dificultades recurrentes para generar empleos productivos y de calidad. Aunque esto se reconoce como un problema estructural de la Argentina, durante los últimos 15 años se agravó en un contexto de estancamiento económico, baja productividad, inestabilidad macroeconómica y fragmentación regulatoria”, explicó el documento.
Durante la última década y media la economía argentina convivió con bajo crecimiento, sucesivas crisis macroeconómicas, pérdida de productividad e inestabilidad, factores que limitaron la creación de empleo formal. En ese contexto, la mayor participación laboral se concentró en actividades de baja productividad, especialmente en el sector micro informal y el trabajo por cuenta propia.
“El problema no es solamente el bajo crecimiento económico, sino la dificultad para transformar ese crecimiento en empleo productivo y protegido”, resumen los investigadores Ramiro Robles, Alejo Giannecchini y Valentina Ledda.
A diferencia de lo ocurrido durante la década pasada, cuando la industria, el comercio y el transporte explicaban buena parte de la expansión económica, actualmente el crecimiento está impulsado por actividades con una capacidad mucho menor para absorber trabajadores.
Entre 2010 y 2015, la industria manufacturera aportaba el 25,4% del crecimiento económico, el comercio el 20% y el transporte el 11,9%. En cambio, entre 2023 y 2025 el liderazgo pasó a las actividades primarias (39,6%), las finanzas (35,1%) y la minería y explotación de canteras (24,6%), sectores con un efecto mucho más limitado sobre la creación de empleo directo.
La consecuencia es que el mercado laboral siguió incorporando trabajadores, pero no mediante un aumento significativo del empleo asalariado formal, sino a través del crecimiento de actividades de menor productividad.
Sobre este punto en particular, la UCA destaca que el empleo generado en Río Negro y Neuquén, gracias al desarrollo de la minería y la energía -dos sectores ganadores de la economía-, no lograron mermar la caída del empleo a nivel nacional y tampoco es que “los trabajadores del conurbano se van a ir a Neuquén”, según señaló a este medio el especialista Alejo Giannecchini.
“En el corto plazo es difícil la reconversión, se ve un derrame en algunas provincias, pero no logra mejorar la caída del empleo formal”, destacó Giannecchini, al mismo tiempo que señaló que los puestos de trabajo calificados que se destruyen en la industria difícilmente vayan hacia los sectores ganadores. “Está difícil que la minería y la energía salven el modelo”, lanzó.
En cuanto a la posibilidad de que la reforma laboral mejore la situación del empleo informal, Ramiro Robles señaló que dificilmente por sí sola la nueva legislación pueda mejorar los niveles de informalidad, ya que de fondo lo que se necesita es una mayor productividad.
Más empleo, pero también más precariedad
Las situaciones de informalidad, inestabilidad y falta de protección continúan siendo más frecuentes dentro del sector micro informal, aunque el deterioro también alcanzó a segmentos tradicionalmente más estructurados del mercado laboral. A su vez, los trabajadores que se desempeñan en estos sectores presentan mayores probabilidades de percibir ingresos bajos, lo que profundiza las brechas entre quienes acceden a empleos protegidos y quienes quedan fuera de ellos.
En 2025, el 45% de los trabajadores se encuentra en puestos considerados precarios, frente al 42,6% de 2010. La incidencia llega al 66,5% entre quienes trabajan en el sector micro informal y escala al 81,1% para los asalariados informales. Sin embargo, el deterioro también alcanza al empleo privado formal, donde la proporción de puestos precarios aumentó hasta 29,1%.
“La baja productividad y el déficit de condiciones de inserción también se reflejan en ingresos más bajos, particularmente para los ocupados precarios que se emplean en el sector micro informal”, subraya el informe.
Actualmente, el 48,3% de los ocupados trabaja en el sector micro informal, frente al 45,9% registrado en 2023. Al mismo tiempo, el empleo público redujo su participación desde 20,1% hasta 16,7%, mientras que el sector privado formal apenas pasó del 34% al 35% del empleo total.
Además, dentro del sector micro informal predominan los trabajadores independientes. Los cuentapropistas y no asalariados ya representan 31,7% del total del empleo urbano, un fenómeno que para la UCA refleja más estrategias de subsistencia que procesos de emprendedurismo.
Para la UCA, las desigualdades laborales ya no dependen únicamente de tener o no un empleo, sino también del tipo de inserción, la estabilidad del puesto, el acceso a derechos laborales y la capacidad de ese trabajo para generar ingresos suficientes.
Cada vez más trabajadores terminan en el autoempleo
El análisis de la movilidad laboral también muestra un deterioro, ya que entre los desocupados, la probabilidad de pasar al autoempleo informal aumentó del 24,1% al 29,5% entre los períodos analizados. En paralelo, disminuyeron las posibilidades de ingresar desde el desempleo hacia un puesto asalariado formal o al empleo público.
También crecieron los movimientos desde empleos protegidos hacia actividades informales por cuenta propia: el pasaje desde el empleo asalariado formal al autoempleo informal subió de 4,8% a 6,2%.
Para la UCA, esas trayectorias muestran que el trabajo independiente funciona cada vez más como un “empleo refugio” frente a la falta de oportunidades en los sectores más productivos de la economía.
En las conclusiones, el trabajo sostiene que la mejora del empleo dependerá de que los sectores que hoy lideran el crecimiento logren articularse con actividades capaces de generar puestos de trabajo registrados y de mayor productividad.
Mientras eso no ocurra, advierten los autores, la economía podrá sostener niveles relativamente bajos de desocupación, pero continuará desplazando el ajuste hacia empleos más inestables, con menores ingresos y menor protección laboral.


