Es que una buena parte de lo que este Boca empieza a tener de diferencial (de sus propios errores, de sus recientes fracasos) es una capacidad distinta para reponerse de las adversidades. No por el resultado en sí, sino porque los golpes empiezan a ser parte de una rutina que no lo derriba. No será una situación eterna y el Vasco Arruabarrena deberá trabajar en no seguir dando la ventaja de empezar perdiendo tan seguido, pero al menos ver que la reacción inmediata a caer en desgracia es seguir como si nada hubiera pasado es parte del camino hacia la evolución como equipo.
Es cierto que el gol de Marcos Rojo (un penal ocurrido a los 3 minutos por un torpe pisotón de Ayrton Costa a Canavo que se ejecutó casi a los 8) sucedió cuando casi no había pasado nada en el trámite del clásico, pero lo cierto es que muy pronto la visita se hizo cargo de su parte, asumiendo la necesidad de no volver a sufrir un traspié y -mucho más aún- la responsabilidad de saber que sus armas se pueden imponer por peso propio.
