El equipo de Ponzio volvió a ganar, se acercó a las Copas y sumó su tercer triunfo al hilo. Pese a que se complicó, se llevó los tres puntos a puro empuje gracias al gol de Almada.
Mientras River siga ofreciendo la otra mejilla benevolentemente cuando el fútbol le exige oficio, firmeza y hasta picardía, sus éxitos seguirán dependiendo de su ingenio ofensivo. Una especie de extensión/secuela de la era de Eduardo Coudet que Leo Ponzio tendrá que corregir para no seguir dilapidando épica en partidos que no lo ameritan, a la par de que sigue cosechando aquello que tanto costaba hasta hace poquito.
Porque pese a todo, River ganó. Trepó posiciones en las tablas, se acercó a las Copas, se alejó de los zarandeos más críticos del semestre. Dio la sensación de avanzar, de poder abrir bloques cerrados con juego (como en el 1-0, con participación colectiva antes de la definición de Tobías Andrada) pero también con un bonus track de rebeldía: la arremetida de Meza, el empuje hasta que llegó el gol de Almada. Un desahogo con convicción, algo completamente necesario después de los mamporros acumulados. Aunque también dejó una sensación: de que para graduarse definitivamente de equipo sólido aún tiene que superar ese déficit que viene de arrastre. Para no seguir con los cover de los trámites ante Vélez (2-2), Santa Fe (1-1), Banfield (2-3), Independiente Rivadavia (3-1), además del 2-1 en el bravísimo José Fierro.
