Pese a la expulsión de Raniele, Corinthians derrotó 1-0 al Canalla en su cancha y se metió en los cuartos de final: enfrentará a Estudiantes.
La puñalada letal llegó en el momento más insospechado de la noche. Corinthians aniquiló el sueño de Rosario Central en la Copa Libertadores cuando el partido parecía anunciar otro desenlace. El golpe de gracia llegó a apenas diez minutos del cumplimiento del tiempo reglamentario. Y fue un mazazo que derrumbó al Canalla justo cuando el equipo dirigido por Jorge Almirón parecía cabalgar al ritmo del envión que había generado la expulsión de Raniele por una patada a Copetti. Una roja que fue sacada a instancias del VAR y que había envalentonado al equipo argentino, al que se advertía mejor perfilado de cara al tramo final del encuentro.
En un partido reñido y muy cerrado, con más pierna fuerte y rigor táctico que frescura y fútbol, con tres tiempos que terminaron sin goles entre el duelo de ida y el de vuelta en San Pablo, el quiebre lo marcó una jugada de pelota parada. Copetti tuvo el triunfo unos minutos antes del gol del Timao: luego de un envío largo y un cabezazo de Di María, Enzo, quien había generado la expulsión de Raniele, quedó mano a mano con el arquero Souza, pero no estuvo preciso para definir y la pelota pasó por sobre el travesaño. Fue en ese preciso instante cuando el sueño pasó, sin escalas ni anestesia, a transformarse en una pesadilla.
Corinthians sintió el filo de la guillotina besándole el cuello, pero salió ileso. Y cuando tuvo la posibilidad de asestar un golpe fatal, no falló. Central, que en la primera etapa apenas había inquietado con un disparo de Ávila y que fue rescatado por los reflejos de Ledesma ante remates muy exigentes de Kaio César y Pedro Raúl, cometió lo que en el fútbol constituye un pecado capital: perdonó. Y pagó el precio más alto.
“¡Vamos a ganar!”, gritó Garro, quien construyó una muralla en el fondo del conjunto paulista, mientras acariciaba en la cabeza de Depay. El argentino frotó la lámpara del jugador franquicia neerlandés, a quien le alcanzó con apenas una pequeña dosis del talento por el que le pagan 8.000.000 de dólares anuales para ser determinante. El gol de la victoria de Corinthians nació de un impecable centro de tiro libre de Memphis que fue interceptado por Breno Bidón, quien anticipó a un Copetti que volvió a salir en la foto de un momento decisivo del partido. Una jugada que le arrebató al Canalla su gran anhelo, ese que fue alimentado con los argumentos que aportó un crack de la talla de Ángel Di María, quien a los 38 años le había convidado a todo el pueblo de Central la ilusión de escalar hacia la cumbre más alta del continente.
Fideo, en esta ocasión, no pudo brillar. Le costó desequilibrar a un equipo granítico que se movió en bloque y que prácticamente no concedió espacios. Un conjunto que procuró mantener el orden y que sobrevivió al hecho de haber terminado con diez hombres tanto en el duelo disputado en Rosario como en la revancha en Itaquera. Central cayó en esa telaraña y no fluyeron las conexiones entre Alan Rodríguez, Di María y Campaz. Los cambios no alteraron la ecuación y los rosarinos recién se arrimaron sobre el final producto del empuje.
Corinthians pasó de la mano de Bidón, un apellido que a más de uno le habrá despertado una sonrisa pícara en La Plata. El Timao será el próximo rival de Estudiantes.
