¿Cuántas conclusiones se pueden sacar del amistoso que Boca le ganó 1-0 a Athletico Paranaense en Salta? ¿Qué otro aporte más que rodaje y haber roto el molde de un trabajo de pretemporada signado por el silencio pudo dejar la primera prueba medianamente seria del semestre? Las respuestas las tendrá, seguramente, Rodolfo Arruabarrena. Aunque algo de lo visto en Salta puede ir dando una idea de dónde está parado el nuevo ciclo xeneize en sus albores.
La idea, en principio, asomó como familiar a la hora de comparar el parado del equipo con la referencia más familiar del anterior equipo del Vasco en el club: un 4-3-3, con impronta ofensiva, sostenido en centrales adelantados y un 5 tapón bien marcado (Milton Delgado) pese a compartir el mediocampo con otros dos volantes de características de marca.
En ese sentido, Tomás Belmonte se paró esperando el primer pase y por momentos funcionó como una especie (que se entienda) de organizador del juego. Santiago Ascacibar, en tanto, ofreció la versión de revulsivo que lo hace distinto pero que a veces lo pasa de revoluciones.
Todo ese juego en la zona clave de la cancha -el soporte para los tres delanteros que fueron más intentos que otra cosa- fue el eje central de la idea madre que se advirtió en los 90 minutos y contando todas las variantes puestas en cancha por el DT: el aporte de los laterales.
Más allá del cariño por el puesto por su conocimiento del mismo, al menos en este primer partido la apuesta ofensiva tuvo mucho que ver con los marcadores de punta por las bandas. No sólo con Lautaro Blanco en una versión más incisiva y menos partenaire (al margen de su golazo impresionante), sino con el debutante Leandro Lozano subiendo criteriosamente en la mayoría de los ataques.
