River le ganó 3-1 a Independiente Rivadavia

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El equipo de Ponzio le ganó al puntero de la tabla anual: un gol de Montiel, dos de Galván y segunda victoria seguida.

Mirar la porcón llena del vaso alcanza para explicar por qué River ganó otra vez después de pasar tanto tiempo sin hacer bises de una victoria. Sólo eso, que en perspectiva es mucho pero en proyección, apenas un paso. Uno valioso, por cierto.

Leo Ponzio ha conseguido darle a su equipo algo que no tenía: la belleza de lo simple. Transformar en sencillo lo que en realidad es complejo es una virtud intrínseca de los talentos. Y el plantel que ahora lidera y coordina el León los tiene en cantidad, especialmente en ataque. Cuando Correa, Almada, Andrada, Galván y Driussi sintonizan, fluye el vértigo incontrolable para los rivales. Independiente Rivadavia buscó hacerlo hasta quedar en desventaja. Lapso en el que presionó, cerró espacios, achicó hacia adelante.

Sin embargo, los mendocinos se toparon con un River que recorrió los caminos de la lógica. Un River que prescindió de la tosudez de insistir hasta abrirse los caminos por dentro y entendió que con una pelota al vacío podía hacer daño. Y así fue: su Ángel eléctrico entró al área, le cometieron un penal sonso y evitable. Y 1-0 vía Montiel.

Simpleza. Sencillez para reacomodar los lados del Cubo de Rubik, que todavía no está parejo a nivel cromático pero ya anda acercándose. Ponzio ya recorrió el 50% del trabajo: en ataque, este River es capaz de desnudar las falencias de cualquiera si sus galácticos sincronizan con la facilidad con la que lo hicieron en el Florencio Sola o en el Liberti. Porque Correa entiende a qué lugar le tiene que llegar la pelota a Almada y se la da sin roscas ni efectos de billar, sino con un toque preciso. Porque Driussi se luce con tacos efectivos a sus compañeros, que le juegan al mismo ritmo. Porque además Galván, ya sin la responsabilidad de ser el que genera todo como en el semestre pasado, se suelta y aparece para darle un puntazo a la pelota luego de un jugadón, o para clavarla cerquita del ángulo cuando el peso del 1-2 ya andaba generando incertidumbre.

Quedará, por caso, corregir el otro aspecto del juego al que River deberá atender. Porque el equipo que al tocar arriba tiene ideas e ingenio y coquetea con la excelencia del Louvre, cuando retrocede garabatea, se tropieza consigo mismo o con el incómodo recuerdo del pasado reciente. De uno u otro modo, sufre. Cerrar un partido, entonces, se le vuelve una quimera. Y cae en el embudo de la complejidad, antítesis de su nueva virtud en ataque, hasta ofrecer innecesariamente el mentón. Sólo así se comprende que una victoria trabajada desde el vértigo ofensivo haya estado, de golpe, transitoriamente en riesgo. Amagando con transformarse en un cover del 2-2 ante Vélez o el dolorosísimo 1-1 frente a Independiente Santa Fe sobrevolando.

La genialidad de Galván -y la decisión de sostener al equipo alto, sin cambios de manual conservador- le terminaron dando el triunfo a un River que ahora tiene un nuevo libreto. Que ve el vaso medio lleno porque tiene con qué servirse. Y que ha vuelto a ganar, ahora dos al hilo, algo que no pasaba desde hacía tiempo. Para ilusionarse. Para arrimarse a la zona de Copas, de playoffs. Y a una vida futbolística más estable y saludable.

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